IZQUIERDA: pilares naturales de coco sostienen el techo de hojas de palmera de la «palapa», la ti'pica construction con forma de cabana que caracteriza la zona de Careyes, en la costa mexicana. Segiin la tradicion local, las hojas de la palmera deben ser cortadas linicamente
durante las noches con luna llena, pues si no la casa podía desmoronarse.
ABAJO: la «palapa» principal que domina el salon de la residencia.
«LA CIVILIZACION es el cuidado de des-cuidar una dispositión natural», decia Karl Kraus y, aunque siempre es muy dificil contradecir al escritor vienés, de vez en cuando aparecen excepciones a sus conmovedores aforismos. En este caso, la excepción se llama Careyes: una zona privada situada en la costa mejicana entre Manzanillo y Puerto Vallarta, donde la obra del hombre (unas veinte villas, un hotel, tres restaurantes, un bar y una discoteca) no solo no ha descuidado la naturaleza, salvaje y exuberante, sino que la ha exaltado, sin apenas tocarla.
La historia de Costa Careyes tiene el sabor de una fabula que se inicio hace ya veinte anos cuando esta parte de tierra asomada al Pacifico fue casualmente sobrevolada por el banquero italiano Gian Franco Brig-none, quien, fascinado por la belleza del lugar decidió adquirir esas playas «sagradas», en las que en tiempos inmemorables se realizaban ritos mágicos parecidos a los descritos por D.H. Lawrence en La serpiente emplumada y donde, desde la prehistoria, las tortugas de mar iban a depositar sus huevos. Compró diez kilometres de costa y la bautizo con el nombre de Careyes («tortuga» en español), puso a trabajar a sus hijos, implico a sus amigos -entre los que se encontraban Gregorio Rossi di Montelera y Gian-ni Agnelli-, y llamo a arquitectos |